Fue
concebido en Chatrapur, la India, pero nació en Londres el 23 de junio
de 1912: su padre era un funcionario inglés destinado en el gigante
asiático. Allí, Turing pasó los primeros años de su vida y destacó por su inteligencia: aprendió a leer por sí solo en tres semanas y mostró desde muy pequeño un gran interés por los números y los puzles.
Desde
los seis años deslumbró a todos sus maestros y en 1926, a los 14, ya
definitivamente en Gran Bretaña, ingresó, feliz, en el internado de Sherborne,
en Dorset. El primer día de clase había huelga general, pero sus ganas
de asistir a clase le hicieron recorrer más de 60 millas en bicicleta
hasta la escuela, en Southampton, pasando incluso una noche en una
posada.
La prensa local publicó la hazaña del joven. Con 16 años, Turing ya comprendía los planteamientos de Einstein
y, sin estudios de cálculo elemental, resolvía problemas muy complejos
para su edad. Pese a ello, sus profesores de Sherborne, más afectos a
los clásicos que a los científicos contemporáneos, no mostraban
demasiado interés por él. Poco le importó. Su vocación era clara.
Muere su primer novio
En febrero de 1930, a los 17 años, la vida lo golpea por primera vez: su compañero de estudios y primer amor, Christopher Morcom, muere de tuberculosis bovina tras beber leche de una vaca infectada. Turing, destrozado, se hace ateo y empieza a creer que todos los fenómenos, incluyendo el funcionamiento de nuestro cerebro, son enteramente materialistas.
A pesar de su talento y de que ansiaba seguir sus estudios en el Trinity College de Londres, debió conformarse con cursarlos en el King`s College,
en Cambridge, su segunda opción. Su falta de interés en el estudio de
los clásicos lo había hecho suspender los exámenes finales. Eso sí: una
vez en Cambridge, en cuatro años ya era profesor.
Y entonces llegó la gloria: un año después, en 1936, con solo 24 años publica su revolucionario estudio sobre los números computables
y sienta las bases teóricas de un cerebro electrónico capaz de ejecutar
todas las operaciones matemáticas resolubles: acababa de inventar la
idea de un ordenador y, con su Máquina de Turing,
de crear el concepto de algoritmo, que es la base del funcionamiento de
todos los ordenadores actuales y, aún hoy, tantas décadas después, el
objeto central de estudio en la teoría de la computación.
Espía británico
Con 27 años, los servicios de Inteligencia británicos lo reclutan para integrar el equipo de matemáticos que debían descifrar los códigos secretos de los nazis. Trabajó en Bletchley Park, la célebre instalación militar. Casi en solitario, Turing logró descubrir los misterios de la mítica máquina encriptadora de Hitler, llamada Enigma. Y diseñó la suya propia, denominada Bombe, capaz de romper los códigos de Enigma y permitir a los aliados anticipar los ataques y movimientos militares nazis.
La Bombe de Turing, clave en el espionaje contra el Führer,
fue la herramienta principal de los criptógrafos aliados. Estos
trabajos de ruptura de códigos de Turing han sido secretos hasta los
años 70. Ni sus más íntimos amigos los conocían.
La vida parecía sonreírle. Y, convertido en discreto héroe de guerra, pasó a trabajar en el Laboratorio Nacional de Física hasta
ser nombrado director de computación de la universidad de Mánchester,
donde desarrolló el software de uno de los primeros ordenadores reales:
el Manchester Mark I.
Test de Turing
De esa época también son sus planteamientos de una inteligencia artificial, expuestos en su célebre artículo Máquinas de computación e inteligencia, de 1950. En él, Turing propuso incluso un experimento que hoy se conoce como el Test de Turing y que aún hoy es la gran baza de los defensores de la inteligencia artificial, que tanto alimenta el fascinante desarrollo actual de la robótica. El test postula que, si una máquina se comporta en todos los aspectos como inteligente, es inteligente e incluso «sensible» y «sintiente».
El
Test de Turing consiste en situar a un juez en una habitación y a un
ser humano y a una máquina en otra. El juez hace preguntas y, ante las
dos respuestas escritas, debe descubrir cuál es del humano y cuál de la
máquina. Persona y ordenador pueden mentir al contestar.
Turing
defendía que, si ambos jugadores eran hábiles, el juez no podría
distinguir quién era quién. Pese a que ninguna máquina ha podido pasar
todavía este examen, lo cierto es que el test tiene hoy muchas
aplicaciones; entre ellas, detectar el spam -el correo basura-, que, por
lo general, es enviado automáticamente por una máquina.
Condenado por su homosexuelidad
A pesar de sus numerosos hallazgos conocidos, la falta de material sobre su vida privada supone un quebradero de cabeza para los historiadores. Turing vagaba de un lado a otro como un poseso y rara vez aguardaba a la aplicación práctica de sus ideas. Producía novedades sin parar, pero de su vida personal solo quedan un puñado de fotos, donde aparece un muchacho de aire juvenil, mirada tímida y peinado con raya.
Pero lo bueno acabó mal. En 1952, Turing es procesado por su homosexualidad. Su amante Arnold Murray facilitó a un colega el acceso a su casa para robarle y el matemático denunció el caso.
Durante
la investigación policial, Turing se vio obligado a reconocer su
homosexualidad, entonces un delito, y se lo imputó por «indecencia grave
y perversión sexual», los mismos por los que habían condenado a Oscar
Wilde más de medio siglo atrás.
Fuente
No hay comentarios:
Publicar un comentario