Confía José K., quizá de forma irresponsablemente ingenua, en que al
menos no lleguen a los castigos físicos. Nos recortarán, nos achucharán,
nos encogerán, harán papiroflexia -mire qué bonita la pajarita que nos
ha salido- con los papeles donde teníamos grabados nuestros derechos,
nos cerrarán refugios y si dejan alguno, quizá algún hospital, nos
cobrarán la entrada, primero, y cada latido advertido por el
estetoscopio sonará con el clic de las cajas registradoras. Pero José K.
espera, vaya usted a saber por qué, que no nos apaleen. Algo es algo,
se dice mientras ve en el espejo del cuarto de baño esa cara agrietada
por los años, sí, pero también por repetir una y otra vez la misma
frase: ¿aún quieren más? ¿Aún quieren más? ¿Aún quieren más?
Mira nuestro hombre, un tanto encorvado, involuntaria muestra de
sumisión, a los nuevos amos del mundo, tan triunfadores, tan pavos
reales, con esa sonrisa de tampoco es para tanto. Y sí, efectivamente,
tampoco es para tanto porque esos que vemos mandan muy poco, que más
bien obedecen. ¿Y quiénes son, entonces, se pregunta José K., los que de
verdad han conseguido que una señora alemana y un señor francés se
repartan un pastel cada vez menos apetitoso y encima nos hagan creer que
estamos construyendo una nueva Europa -quiénes, ¿nosotros?-, mientras
sus banqueros aguardan a que lleguen los despojos de tanto sucio
pig
en sus modernos despachos con diseños de la Bauhaus o de Philippe
Starck? ¿Quiénes son entonces los que han quitado a un primer ministro
-repugnante, bien es cierto- para poner a un obediente empleado de
banca? No se sabe, pero lo único que les caracteriza es que siempre,
siempre, en cualquier circunstancia, quieren más. Y eso que ya lo tienen
todo.