Por fin lo hemos conseguido. Por fin hemos logrado que ya no haya diferencia alguna entre las portadas de la prensa seria y las de las revistas del corazón: ahora todos hablamos del caso Urdangarin.
Lo cual demuestra el carácter profundamente democrático de la
corrupción. Quiero decir que es un vicio de amplio espectro social y muy
nivelador de gustos y de clases, porque baja a las cabañas y sube a los
palacios como Don Juan Tenorio.
No es de extrañar la unanimidad en el interés, porque, además de ser un
culebrón literalmente majestuoso, podría llegar a tener consecuencias
políticas importantes. Henos aquí de nuevo deshojando la eterna
margarita entre la República y la Monarquía. Yo creo que, si la
Monarquía es constitucional y sin poderes reales, como la nuestra, ambas
opciones tienen sus pros y sus contras. Lo peor de los reyes, en
general, es que suenan muy antiguos, y que el matiz hereditario
despierta lógicos rechazos atávicos y además repugna a la razón. Digamos
que es una institución muy poco estética, o que su estética no es del
siglo XXI. Pero, por otra parte, de lo que se trata es de encontrar a
una figura que represente al Estado de la manera más apartidista y
aglutinadora posible. Las repúblicas parlamentarias, como Alemania o
Italia, a menudo se las ven y se las desean para hallar una figura así.
Mientras que con las monarquías modernas, como yo lo veo, es como si el
país criara una raza de jefes de Estado, una suerte de cuidadas
vacas Hereford especialmente seleccionadas para su función. No pretendo
ser ofensiva: solo digo que son animales simbólicos que desde pequeños
han sido obligados a no participar en las luchas sectarias. ¿Quién creen
que representaría hoy el Estado de una manera más neutra y menos
molesta, alguno de nuestros agotadores políticos o el príncipe Felipe?
Esa es la cuestión.
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