Durante años, mis amigos médicos –los más serios– me habían contado
que era imposible que las dolencias físicas, como una esclerosis o una
diabetes, fueran el resultado de un desarreglo anímico. Me dijeron
repetidas veces que conocían muchos casos en los que la correlación
entre el contratiempo emocional y la enfermedad física parecía obvia,
pero no podía comprobarse clínicamente la razón de causa y efecto.
Si lo entendí bien, lo que se me estaba diciendo es que la mente va
por un lado y el cuerpo por otro. La manifestación exterior de lo que me
sugerían es que las causas genéticas de una enfermedad
representaban algo así como un 70 por ciento y las debidas a lo que los
especialistas llaman “experiencia individual” solo suponían el 30.
Contra las primeras no se podía hacer nada y de las segundas no se
conocía lo suficiente para lidiar con ellas.
En los últimos cuatro o cinco años, mis amigos médicos, físicos y
psicólogos –los más serios– me dicen que no es tan fácil como creíamos
diferenciar entre inteligencia, materia viva y materia inerte. “I don’t know, I don’t know”, me repiten científicos norteamericanos. “No me preguntes porque no sabría qué contestarte”, añaden.
Es un momento fascinante. Solo si se es muy joven, se podría pensar
lo contrario. Resulta que médicos muy famosos, de reconocida valía por
sus colegas investigadores, no se cansan de sugerir a sus pacientes que
no se fíen tanto de los fármacos y den más importancia al intercambio de
conocimientos con sus amigos.
Los ratones viven unos dos años y medio. Nosotros tenemos una
esperanza de vida de unos 70. Pero resulta que somos idénticos. Primero,
se descubrió que a algunos ratones los distraía transitar por un
laberinto, mientras que a otros los aburría sobremanera. Los primeros
vivían más tiempo. Los segundos, menos.
Pruebas similares se hicieron luego con personas centenarias
ubicadas en Madrid. Se vio que muchos de estos ancianos eran, en
realidad, más jóvenes que muchos de 70 y tan jóvenes como los de 30. Con
ello, mis amigos físicos, médicos y psicólogos estaban anunciando al
mundo que la edad cronológica era menos importante que la biológica y
que esta dependía, sencillamente, de su sistema inmunitario.
Si esto es cierto –y ahora lo es–, muchísima gente querrá saber cómo
se logra que el sistema inmunitario funcione correctamente. Antes
sabíamos dos cosas importantes para conseguirlo: la necesidad de cuidar
la dieta y de hacer un ejercicio físico que no sea exagerado. Ahora, los
expertos nos advierten de que no deberíamos olvidar que el estrés causa
daños físicos, al igual que la ansiedad o la depresión. En contra de lo
que me contaron a mí cuando era joven, mi mente puede triturar mi
cuerpo.
Una idea recogida en las reflexiones de especialistas de gran
fiabilidad para mí es que, dentro de muy poco tiempo, vamos a manejar
muchísimos más biomarcadores de los que utilizamos ahora; es decir,
contaremos con indicadores de lo que nos está pasando por dentro. Le adelanto un secreto a voces.
Aprenderemos a explicar a los médicos, físicos y especialistas en
inmunología lo que nos ocurre a nivel psicológico; les pediremos que
aprendan a medir nuestra capacidad respiratoria, ver nuestra presión
arterial, así como barajar los niveles de glucosa y lípidos
en nuestra sangre. Pero, sobre todo, les rogaremos que miren de cerca
lo que nos pasa a nivel psicológico, porque tiene mucha más importancia e
impacto de lo que ellos y nosotros creíamos.
Hace años, un grupo de médicos británicos sugirió que el mejor
indicador de la salud de una persona era el reconocimiento social.
Tenían razón.
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