Lo único verdadero, de una autenticidad tan sólida y pesada como el plomo, es la desastrosa situación económica, social y laboral de este país. Los comercios arruinados, las pequeñas tiendas cerradas brotando por las calles como setas. La creciente muchedumbre de parados, con todo lo que eso implica: hipotecas impagadas, casas perdidas, parejas que no pueden separarse aunque quieran hacerlo, familias que tienen que volver a trasladarse con sus padres o padres dependientes que hay que traerse a casa. Y toda esa sensación de inadecuación, de fracaso personal, de trampa sin salida e incluso de pánico que proporciona el desempleo prolongado. Por no hablar del vapuleo moral de los que sí trabajan, que, angustiados por la crisis, soportan sueldos miserables, condiciones feroces y recortes de todo tipo.
Porque es cierto que esta catástrofe económica la está pagando la gente de a pie. Y qué buena es la gente de a pie de este país: se está apretando el cinturón estoicamente. O quizá aterradamente, es decir, movidos por el pavor. El miedo nos nubla las entendederas. También a los sindicatos, también al Gobierno. ¿Sirve la reforma laboral para salir de la crisis? Ni el Gobierno se lo cree. Hacer huelga mañana, ¿será positivo o negativo? Ni los sindicatos lo saben. Sensación de barco a la deriva.
Dudas - Rosa Montero